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El año en que las organizaciones volvieron a aprender

November 27, 20255 min read

2025: el año que nos enseñó a aprender de nuevo

Este 2025 fue para nosotros un año súper extraño y, al mismo tiempo, súper luminoso. Extraño, porque vivimos —como dijimos en nuestra charla del 5to Congreso de Capacitación y Desarrollo Organizacional 2025— en un mundo donde muchas organizaciones siguen navegando con mapas del pasado mientras la realidad avanza a velocidad de algoritmo. Es como intentar seguir Waze con un mapa de papel: técnicamente posible, pero prácticamente imposible de que llegues donde necesitas llegar. Y luminoso porque, en medio de esa niebla, algo profundo comenzó a ocurrir frente a nuestros ojos: las áreas de Personas están dejando de ser “el equipo que arma los cursos” para convertirse en el faro que orienta la transformación, el espacio desde el cual la organización vuelve a hacer las preguntas que realmente mueven la aguja.

Este fue el año en que las organizaciones volvieron a aprender, volvieron a preguntarse por qué y para qué estaban aprendiendo. Cuando la formación dejó de ser una actividad y volvió a ser un proceso de cambio. Lo vimos en los pasillos, en los comentarios y reflexiones de las charlas, en cada reunión con ustedes: la formación dejó de ser un catálogo de contenidos (ya sabemos todos lo que es eso… y lo poco que cambia) para transformarse en una estrategia de cultura, propósito y comportamiento.

Ilia González lo dijo clarito: “El área de Personas ya no está en la retaguardia; hoy es motor estratégico del negocio”. Y ese giro cambia todo: ya no basta con plataformas llenas, ni con cumplir el checklist, ni con llenar la agenda de cursos. Hoy las preguntas son más profundas y más honestas: ¿estamos formando… o transformando? ¿Qué conversaciones pendientes tenemos como cultura? ¿Qué necesitamos que la gente empiece a hacer o deje de hacer? ¿Cómo sabemos si lo que hacemos realmente sirve? Lo más emocionante de este año fue que muchas organizaciones empezaron, por fin, a hacerse estas preguntas.

Y algo muy bonito que vimos en los escenarios del Congreso —especialmente en la conversación de Kim Brierley— fue cómo la neuropsicología se volvió a darnos un baño de realidad: que el aprendizaje no ocurre en la agenda, ocurre en el cerebro, y que para que haya cambio real, necesitamos entender cómo funciona la biología de la emoción, la atención, la memoria y el estrés. Kim decía algo tan simple como potente: “El liderazgo es cada vez más desafiante porque cuando tocamos emociones, tocamos biología”. Y tenía razón. No formamos sobre un Excel, sino sobre sistemas nerviosos humanos tratando de sobrevivir, colaborar, conectar, adaptarse. Por eso hablaba de incorporar la neurociencia “no para complicar la formación, sino para hacerla más humana”. Y este año se sintió clarísimo: si no entendemos la biología del aprendizaje, no podemos pretender cambiar comportamientos.

Quizás lo más sorprendente es que, en pleno año dominado por algoritmos, automatizaciones e inteligencia artificial, haya vuelto a cobrar sentido pensadores como Sócrates y Paulo Freire, dos referentes que —entre muchos otros— marcaron mis primeras reflexiones cuando entré al mundo de la formación hace más de veinte años (no, no conocí a Sócrates, jajaja).

Sócrates nunca enseñó “contenidos”; enseñaba a través de preguntas. Veía la educación como un diálogo, un descubrimiento. Decía: “La educación es encender una llama, no llenar un recipiente”. En un mundo saturado de contenido, esa llama se volvió importante.

Freire, desde otro tiempo pero con la misma lucidez, decía: “Nadie educa a nadie; nos educamos en comunión”, recordándonos que la educación sólo tiene sentido si transforma la realidad. Y ambos coinciden en lo mismo que confirmamos este año: que no existe enseñar sin aprender, y que aprender es un acto de conciencia, propósito y libertad. Y eso es justamente lo que hoy las organizaciones están buscando: formación que les dé libertad para actuar distinto.

Este mismo espíritu lo profundizamos en nuestras dos charlas del año: “Formación con Sentido” y “Liderar en la Era del Algoritmo”. En la primera dijimos que aprender con propósito exige tres claves: evaluar para revelar, diseñar con sentido y medir para transformar. Y en la segunda afirmamos que la IA puede procesar datos de forma brillante, pero solo los humanos podemos aprender, interpretar, conversar, decidir y transformar. Por eso lo dijimos fuerte y lo sigo sosteniendo: el desafío no es competir con la IA, sino recuperar la inteligencia humana, entendiendo —como Kim— que la inteligencia humana no está solo en la mente, sino en la biología completa de quienes aprenden.

¿Y qué nos dejó este 2025? Nos enseñamos que las organizaciones vuelven a aprender cuando ponen el propósito antes que el contenido, privilegian la pregunta antes que la respuesta, diseñan experiencias en lugar de calendarios, miden impacto en lugar de horas y, sobre todo, se atreven a conversar sobre cultura, liderazgo e identidad.

Nos recordamos que la formación sin alma se siente vacía, que la formación sin propósito es puro déjà vu y que la formación sin medición simplemente se pierde. Y nos mostró algo esencial: detrás de cada proceso de aprendizaje hay una historia que quiere ser contada, una mente que quiere comprender y un cuerpo que quiere adaptarse.

Si 2025 fue el año del despertar, 2026 será el año de aprender con intención. De pasar del qué hacemos al por qué lo hacemos, de dejar de capacitar para empezar a transformar, de integrar datos con humanidad, IA con propósito, estrategia con cultura y neurociencia con aprendizaje real. En el fondo, será el año de volver a lo esencial: aprender para cambiar, para conversar, para liderar y para humanizar.

Porque como recordaba Sócrates en la Apología, “la sabiduría comienza reconociendo que no sabemos todo”. Ese reconocimiento fue, para él, el inicio de la sabiduría. Y este año, para muchas organizaciones, fue también el punto exacto donde el aprendizaje volvió a comenzar.

Macarena Molina

Socia y Gerenta General - HuX Consultores

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