
TDAH: ¿Trastorno de déficit de Atención… o algo más?
Hace algunos años recibí un diagnóstico de TDAH.
Como les ocurre a muchas personas, ese diagnóstico me permitió entender episodios que me habían acompañado toda la vida. Por ejemplo, estar completamente concentrado en una propuesta o en el diseño de un programa y no escuchar que alguien habla a mi lado. Más tarde supe que eso tenía un nombre: hiperfoco. También entendí por qué mi mente salta de una idea a otra, la facilidad para entusiasmarme con nuevos proyectos y el desgaste que me produce intentar responder a todo al mismo tiempo.
Pero con el paso del tiempo me apareció una pregunta…
¿Y si el problema no fuera solo de quienes tenemos TDAH?
Como consultor en liderazgo paso gran parte de mi tiempo observando organizaciones desde dentro. Converso con líderes, acompaño equipos y participo en reuniones donde se habla de productividad, eficiencia y resultados. Sin embargo, cada vez veo el mismo fenómeno: personas agotadas, saltando de una urgencia a otra, con agendas completamente tomadas y con la sensación permanente de que el día nunca alcanza.
Notificaciones constantes, correos, WhatsApp, reuniones que interrumpen otras reuniones, solicitudes de último minuto. Nos acostumbramos tanto a vivir interrumpidos que terminamos creyendo que esa era la forma normal de trabajar.
Quizás por eso me hizo tanto sentido descubrir una corriente de pensamiento conocida como minimalismo profesional. Más que una metodología, es una filosofía profundamente contracultural: el valor de un profesional no se mide por la cantidad de cosas que hace, sino por su capacidad de distinguir qué merece realmente su atención.
La evidencia científica parece apuntar en la misma dirección. El psicólogo y premio Nobel Daniel Kahneman, autor de Ruido, mostró que nuestra atención y nuestra capacidad para tomar decisiones son recursos limitados. Cada interrupción tiene un costo. Cada cambio de contexto consume energía mental. Pensar no es gratis.
No es extraño, entonces, que muchos de nosotros, terminemos el día exhaustos sin sentir que avanzamos en lo verdaderamente importante.
Y aquí es donde creo que el liderazgo tiene una enorme responsabilidad.
Durante años entendimos liderar como exigir más velocidad, más reuniones, más seguimiento, más indicadores y más control. Hoy creo que el liderazgo más valioso será exactamente el contrario, el que elimina antes de agregar, el que simplifica antes de complejizar y el que protege la atención del equipo como un recurso estratégico.
Porque la atención no solo determina cuánto producimos. Determina cómo pensamos, cómo decidimos, cómo aprendemos y hasta cómo nos relacionamos con los demás.
Mi diagnóstico de TDAH me enseñó que la atención es un bien finito y que administrarla requiere intención. Curiosamente, esa misma lección parece ser una necesidad urgente para organizaciones completas.
Quizás el desafío de esta década no sea aprender nuevas formas de trabajar. Quizás sea desaprender muchas de las que hemos normalizado.
Y quizás el verdadero TDAH del mundo laboral ya no describa únicamente un diagnóstico clínico. Tal vez describa una cultura que hemos construido entre todos: Trabajo Demasiado Hiperconectado.
Tal vez el liderazgo del futuro no se reconozca por la cantidad de tareas que logra mover en un día, sino por algo mucho más escaso: la capacidad de crear espacios donde las personas puedan volver a concentrarse, pensar con profundidad y hacer aquello que realmente importa.
Porque, al final, una organización no cambia cuando acelera.
Cambia cuando recupera su capacidad de prestar atención.
Rodrigo Vera
Director de cuentas
HuX Consultores
