"Lo vamos a lograr, cueste lo que cueste" le escuché decir a un político hace poco. Se entiende y se valora la intención, pero esta afirmación es peligrosa porque abre el espacio a que el costo sea altísimo y el logro, sea cual sea, no valga la pena.
Según indican diversos estudios sobre liderazgo y cultura organizacional; la rigidez estructural extrema, el culto ciego a la autoridad y la fijación en los resultados a cualquier costo han demostrado ser el caldo de cultivo ideal para que individuos con ciertos rasgos de personalidad asciendan a posiciones de poder.
De acuerdo a estas investigaciones, existe una sobrerrepresentación de personas que cumplen con ciertos tipos de conductas y actitudes agresivas dentro de ciertos marcos culturales (hasta 20 veces más que en la población general). Es decir, en el ámbito de las organizaciones, cuanto más arriba esté una persona en el organigrama, dentro de ciertas culturas organizacionales, es más probable que presente algunos rasgos de personalidad que atentan contra las relaciones interpersonales, el buen ambiente y el bienestar grupal. ¿De qué rasgos estamos hablando? Los que enumeramos a continuación son los más comunes:
- Falta de empatía.
- Manipulación: Usan el engaño y la seducción para avanzar en su carrera.
- Encanto superficial: Pueden ser carismáticos y convincentes, pero sin profundidad emocional.
- Egocentrismo extremo.
- Ausencia de culpa o responsabilidad.
- Impulsividad y búsqueda de riesgo.
- Mentira patológica.
- Falta de apego emocional: Ven a las personas como herramientas para lograr sus objetivos.
Hablamos de personas que pueden presentar una capacidad extraordinaria para manipular a los demás ( en general de forma inconsciente), carentes de empatía y con una habilidad casi deportiva para trepar en la estructura de poder sin que nadie se percate de sus falencias, hasta que ya es demasiado tarde. Como los lobos disfrazados de oveja, dicen lo que todos quieren escuchar, pero solo para consolidar su posición y acumular más poder.
El requisito que necesitan para desplegar todo su "talento", es una cultura que debilite los límites de agresividad tolerados y que decante la balanza hacia conductas antiéticas en favor (o con la excusa) de buscar resultados económicos al corto plazo.
El daño que no se ve (hasta que es demasiado tarde)
Este tipo de líderes se aprovechan y generan entornos laborales tóxicos donde el miedo y la desconfianza reinan, aunque sea de forma solapada y poco evidente. En este contexto, la creatividad se desploma, las personas más talentosas se marchan y las que se quedan lo hacen por necesidad, miedo u obligación, no por convicción. La empresa puede parecer saludable desde afuera, pero por dentro se puede estar transformando en un campo de batalla lleno de trampas que atentan contra el bienestar.
Lo más irónico es que algunas organizaciones premian este tipo de liderazgos. Mientras los números cuadren y los accionistas estén felices, nadie se detiene a analizar el reguero de heridos que van quedando en el camino. Un rasgo común en estas personas es el "síndrome de la estrella"; la persona lidera actuando con soberbia, arrogancia y prepotencia, avalada por una cultura organizacional permisiva con este estilo. Lo que hemos visto es que cuando finalmente la empresa (o el equipo) colapsa, ya ha encontrado otro lugar donde repetir el ciclo.
Es importante hacer este énfasis: El problema no es la persona, el problema es la cultura que la avala y la hace sentir valorada teniendo ese tipo de conductas.
¿Hay solución? Claro que sí
Cambiar la cultura organizacional no es tarea fácil, pero se puede empezar por algunos elementos fundamentales. Hay que dejar de validar ciertas conductas disfrazándolas de otras. Dejar de validar "soberbia" confundiéndola con "decir las cosas de frente". Dejar de validar la "arrogancia" confundiéndola con "siempre sabe qué decir". Dejar de validar la "prepotencia" confundiéndola con "credibilidad". Dejar de validar la "violencia" confundiéndola con "coraje".
En Hux queremos mejores líderes para el mundo. Queremos que haya buenos líderes porque, de este modo, los climas organizacionales son más propensos a fomentar el bienestar y la felicidad. Un buen líder no es aquel que impone el miedo, sino aquel que inspira confianza. No es quien manipula para obtener resultados inmediatos, sino quien construye un equipo sólido a largo plazo.
Y, sobre todo, un buen líder no es un tiburón en una pecera: es alguien que entiende que el éxito sostenible no se logra devorando a los demás, sino creando un entorno donde todos puedan prosperar.
Así que la próxima vez que en su empresa se hable de «resultados a cualquier costo», tal vez valga la pena cuestionar esa premisa. ¿De qué costos estamos hablando? ¿Estoy dispuesto a asumirlos?
Daniel Rovira – Líder de Proyecto
Estudios:
Babiak y Hare (2006): En su libro «Snakes in Suits: When Psychopaths Go to Work», Babiak y Hare exploran cómo los psicópatas se integran en el mundo corporativo. Identifican que su encanto superficial y habilidades manipulativas les permiten escalar rápidamente en la jerarquía empresarial.
Hare y Neumann (2008): Estos investigadores descubrieron que aproximadamente el 1% de la población general exhibe rasgos psicopáticos, pero esta cifra puede ser significativamente mayor en entornos corporativos, especialmente en puestos de liderazgo. ↩︎
Equipo HUX


